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Historias

La parábola del sembrador generoso

12 jul, 03:00 a. m.
Tras dos devastadores terremotos en Venezuela, la Iglesia católica responde ofreciendo refugio, ayuda de emergencia y acompañamiento pastoral. Mientras las parroquias abren sus puertas y Cáritas coordina la asistencia, la Iglesia local pide oración y apoyo para llevar alimentos, agua, medicinas y esperanza a las personas más afectadas.

 

Por P. Anh Nhue

Siguiendo, a lo largo de los domingos del Año Litúrgico A, el camino de las actividades evangelizadoras públicas de Jesús en el evangelio de Mateo llegamos hoy al inicio de una peculiar sección: la de las parábolas. En esta parte, el evangelista hace ver un Jesús Maestro y un Sabio de Dios, que revela el misterio del Reino, a través de relatos simples de la vida cotidiana. Nosotros, que ya hemos escuchado muchas veces estas parábolas, corremos en riesgo de no experimentar más el estupor y de no poner atención delante de estas perlas de la narrativa religiosa, que han sorprendido a no pocos oyentes. Las narraciones parabólicas eran, de hecho, el signo distintivo de la enseñanza del Maestro de Nazaret, considerado justamente como el genio de las parábolas. Se hace necesario, por tanto, tener hoy una actitud humilde y simple en la escuela de Jesús, para gustar nuevamente la frescura y la sabiduría antigua, pero siempre nueva, de las parábolas, comenzando con la del sembrador, que Jesús ofrece como la primera de toda la serie y, por eso, la más importante.

1. «El que tenga oídos, que oiga». Una parábola fundamental de Jesús para todo oyente 

En efecto, la preeminencia de la parábola del sembrador en relación a las otras, se subraya en el hecho de que los evangelistas sinópticos la reportan al inicio de la enseñanza en parábolas de Jesús. Como ha puesto en relieve San Marcos evangelista, Jesús mismo ha subrayado el rol fundamental de este relato parabólico para entender los otros: «Y añadió: “¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás?”» (Mc 4,13). Se trata, entonces, de una parábola clave, porque quiere provocar una “sacudida” fundamental en los oyentes, exigiendo de ellos una justa actitud hacia la enseñanza de Jesús que hablaba casi exclusivamente en forma parabólica, como remarca el evangelista Marco: «Todo se los exponía con parábolas» (Mc 4,34).

La importancia de la parábola en cuestión se hace más evidente a partir de su conclusión: «El que tenga oídos, que oiga». Es una frase que se encuentra frecuentemente en la boca de Jesús y, por eso, podría ser llamada como “refrán sapiencial” en sus discursos (cf., por ejemplo., Mt 13,43). Se trata de una exhortación a la reflexión y a la comprensión de la enseñanza impartida, traducible como: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Ella se presenta en todas las tradiciones sinópticas, así como en el evangelio apócrifo de Tomás (seis veces). Además, se encuentra también en los discursos de Jesús resucitado a las comunidades de fieles en Ap (cf. 2,7.11.17.29; 3,6.13.22; 13,9); esto demuestra la gran “popularidad” del dicho que se puede retrotraer al Jesús histórico. 

Con San Jerónimo y muchos autores modernos, podemos precisar que el sentido fundamental de esta fórmula no es parenético (invitación a obedecer y actuar), sino noético: se trata de la invitación a reflexionar, a prestar atención para comprender. Esto es confirmado también por la exhortación de Jesús en Mc 7,14: “Escúchenme todos y entiendan” (cf. También Mc 7,8). De cualquier forma, prescindiendo del problema de la interpretación, basta notar que detrás del dicho de Jesús se puede distinguir la imagen del sabio o de la sabiduría divina que llama, como la encontramos en la tradición veterotestamentaria, en particular a través de la voz del sabio al final del salmo sapiencial que alaba las maravillas de Dios en la creación y en la historia de la salvación: «El que sea sabio, que recoja estos hechos | y comprenda la misericordia del Señor.» (Sal 107,43). Se necesita, por tanto, siempre una sabia escucha, que venga de la consciencia de ser pequeños delante del mensaje divino, que ahora se revela con y en Jesús a través de las parábolas. Por eso, en la liturgia de la Iglesia oriental, antes de la proclamación del evangelio, el diácono literalmente “grita” en griego: Sofia! Es decir: ¡Sabiduría!

2. «Salió el sembrador a sembrar». El misterio de Cristo sembrador y de Dios agricultor 

Con la actitud justa del oyente sabio, gustemos ahora más de cerca la dulzura y la belleza del relato parabólico escuchado hoy, que es –nos apremia reafirmarlo– la más importante de las parábolas de Jesús.

A parte del mensaje exigente para todos de pensar en “mejorar” el terreno de nuestro corazón para fructificar la semilla de la Palabra recibida, el aspecto más bello de la historia tiene que ver con la generosidad del protagonista, que siempre sin muchos cálculos o reservas, no tiene cuenta de las varias condiciones del terreno. Esta acción generosa prácticamente bordea la locura, sino la insensatez: ¿por qué no se han evitado “los caminos”, el “terrero pedregoso”, las “malezas”? obviamente hay que precisar que se trata de partes del campo. Además, de cuanto es sugerido en el relato mismo y de la práctica de la siembra de la época, lo que hace el sembrador es tirar las semillas en el campo; al final, una porción termina de todas maneras en terrenos cercanos no buenos, justo por causa de esta semilla abundante y generosa. En todo caso, se trata de una analogía, aunque no perfecta, del misterio de Cristo el sembrador por excelencia, que siembra la Palabra de Dios en todos sin alguna discriminación.

Por eso, más que un relato sobre la muerte de la semilla, imagen de la Palabra de Dios, que produce más o menos fruto en el terreno del corazón de cada oyente, esta es la parábola del sembrador generoso que “salió” siempre en misión, a pesar del posible rendimiento escaso que le esperaba. Solo un cuarto de las semillas cultivadas da fruto y en varias cantidades. Por lo que parece, este será propiamente el mensaje más importante para los discípulos-misioneros de Jesús hoy, llamados a continuar la misma misión del sembrador divino. A pesar de la perplejidad que suscita la realidad y la desconfianza en la “oportunidad” y “utilidad” del anuncio, los discípulos-misioneros son invitados a ir siempre adelante sin miedo y siempre con generosidad para llevar a todos la Palabra de Dios con y en Cristo. Se trata, al fin de cuentas, de la misma determinación y generosidad de Cristo durante su ministerio público hasta el final.

3. Renovar la misión de evangelización fundada en la Palabra de Dios 

Así, el mensaje de la parábola de hoy nos empuja a renovar el celo por sembrar la Palabra de Dios y, al mismo tiempo, a relanzar el fervor en la escucha sabia de ella en la vida de los discípulos-misioneros de Cristo. Es necesario dejarse evangelizar por la Palabra de Dios escuchada y meditada cotidianamente, para poder compartir con los otros la alegría y la inspiración que provienen de ella. Es curioso que Cristo con frecuencia después de su resurrección, continuó a anunciar y a explicar la Palabra. Él se acercó efectivamente a sus discípulos perdidos y apavorados, como aquellos de Emaús, para “abrirles” las Sagradas Escrituras. Sepamos, por eso, oír y escuchar sabiamente su voz, para poder compartir con los vecinos de casa y con los amigos la belleza de la Palabra de Dios vivida en nosotros. Hay mucha necesidad de renovar siempre más la misión de evangelización, fundándola sobre la Palabra de Dios. A tal propósito, esta es la enseñanza autorizada del Papa, que nos ha ofrecido en Mensaje para la Jornada Misionera Mundial de 2023: 

El conocimiento de la Escritura es importante para la vida del cristiano, y todavía más para el anuncio de Cristo y de su Evangelio. De lo contrario, ¿qué trasmitiríamos a los demás sino nuestras propias ideas y proyectos? Y un corazón frío, ¿sería capaz de encender el corazón de los demás?

Dejémonos entonces acompañar siempre por el Señor resucitado que nos explica el sentido de las Escrituras. Dejemos que Él encienda nuestro corazón, nos ilumine y nos trasforme, de modo que podamos anunciar al mundo su misterio de salvación con la fuerza y la sabiduría que vienen de su Espíritu.

Oremos ahora (con las palabras de la Oración Colecta alternativa del Misal italiano para el domingo XV, Año A): 

Acrecienta en nosotros, ¡oh Padre!, con la potencia de tu Espíritu la disponibilidad de acoger el germen de tu palabra, que continúas sembrando en las surcos de la humanidad, para que fructifique en obras de justicia y de paz, y reveles al mundo la beata esperanza de tu reino. Por Cristo, nuestro Señor. Amén. 


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