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Historias

El valor y la sabiduría al dar testimonio de Cristo

21 jun, 03:00 a. m.
En el Evangelio de hoy, Jesús invita a sus discípulos a no tener miedo al anunciar su palabra. Esta reflexión muestra cómo la valentía misionera nace del temor de Dios, de la confianza en el cuidado del Padre y de la fidelidad del Señor.

 

Por P. Anh Nhue

El evangelio hodierno nos ofrece el proseguimiento de las importantes instrucciones que Jesús dio a sus discípulos-apóstoles cuando los envió a la misión (escuchamos el inicio de este discurso el domingo pasado). Se trata de la exhortación a no tener miedo al testimoniar a Cristo. Las palabras imperativas «No tengáis miedo» se repite tres veces en pocas frases, al inicio, a la mitad y al final; de esta manera puntúa todo el breve discurso de Jesús. Emerge con clareza la insistencia del Maestro sobre esta actitud que los discípulos-misioneros deberán asumir, o mejor, que deberán aprender a tener en su misión. De las palabras de Jesús se pueden entrever tres aspectos fundamentales de este no-tener-miedo, que resultan relevantes incluso hoy.

1. «No tengáis miedo». El valor en el anuncio ante la adversidad 

Antes que nada, se trata para los discípulos de no tener miedo de los hombres al anunciar todo lo que habían recibido de su Maestro: «Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea». Se refiere, por tanto, a las revelaciones divinas que Jesús confía a los suyos “en el secreto” de su corazón. Los discípulos son llamados a ser el “megáfono” de Cristo al transmitir al mundo su anuncio y enseñanza en su totalidad. Esto será lo que el Resucitado exhortará a sus discípulos fidelísimos antes de ascender al cielo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos…, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19).


2. La sabiduría de temer solo a Dios y no a los hombres


En segundo lugar, la actitud de no tener miedo por parte de los discípulos, proviene de una visión sapiencial de la vida con Dios y en Dios. Así, por un lado, Jesús exhorta: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Es decir, los hombres son solo hombres; no tienen el poder absoluto sobre el alma. En contraste, temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna». En otras palabras, teman solo a Dios, el verdadero y único omnipotente.


Este enseñamiento de Jesús sobre el temor de Dios es un eco de aquel de los maestros de la tradición bíblico-judía. Se subraya de modo emblemático en Sir 1,6 [LXX 1,8]: «Uno solo es sabio, temible en extremo: | el que está sentado en su trono». Además, Dios es en última instancia el que «da la muerte y la vida, | hunde en el abismo y levanta» (1Sam 2,6). Por tanto, la exhortación de Jesús representa un fuerte reclamo a la reflexión: quien es sabio, piense en esto para tener la justa actitud en relación con Él y solo con Él, sin tener que cuidarse de nada más, ni de ningún otro. Aquí se nota una temática en la que la sabiduría bíblico-judía insiste muchas veces: ir desde la contemplación de la grandeza y omnipotencia de Dios hasta la sabiduría en la vida (cf. Sal 107,43a); del temor al Dios omnipotente se llega al comportamiento justo y sabio, según el moto fundamental de la tradición sapiencial bíblico-judía: «El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor» (cf. Pr 1,7; Sal 111,10).


3. El verdadero temor que va junto a la confianza en Dios


En fin, después de la exhortación a temer a Aquel que es el único omnipotente, Jesús ofrece una explicación significativa que parece una digresión, pero que en realidad no lo es: «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. (…) Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones». Aquí se menciona explícitamente a Dios como Padre y se resalta su atención para con todas las cosas creadas, aunque insignificantes, como los pajarillos entre los seres animados o como los cabellos de la cabeza, que simbolizan las partes marginales del cuerpo humano. Si bien, pensar en el temor que se debe tener a la potencia absoluta ayuda a relativizar algunos miedos, la mirada sobre el cuidado de Dios por sus pequeños, agrega la confianza en Él y la fuerza de no temer a nadie fuera de Él. Tenemos, así, dos aspectos sobre el temor a Dios que se revelan de alguna forma complementarios: por una parte, a Dios se le teme por su omnipotencia y, de la otra, es necesario poner en Él la confianza. El temor de Dios viene así unido con la confianza en Él.


También aquí el pensamiento de Jesús no se muestra lejano del enseñamiento bíblico-judío, especialmente el de los sabios de Israel, que recomienda frecuentemente encontrar refugio seguro en el Señor y, por añadidura, ¡en su temor! Presentamos aquí algunos textos de la tradición sapiencial bíblica que no necesitan una clarificación ulterior:


Pr 14,26-27: 

Temer al Señor es refugio seguro, | servirá de defensa a los hijos. Temer al Señor es fuente de vida, | libra de los lazos de la muerte.

Pr 19,23:

Quien teme al Señor se dirige a la vida, | dormirá tranquilo y sin pesadillas.


Se trata del pensamiento que respecta al temor a Dios que, manifestado en la relación reverencial y confiada en Él, garantiza la vida y aleja todo miedo. Esto se ve en los salmos, por así llamarlos, “anti-temor” (cf. Sal 23,4; 27,1.3; 46,2-3; 49,6.16-17; 56,4-5.12; 91,5-13), entre los cuales señalamos especialmente Sal 56,4-5, por la cercanía al contenido del texto evangélico contemplado: «En el día terrible, yo confío en ti. En Dios, cuya promesa alabo, | en Dios confío y no temo: | ¿qué podrá hacerme un mortal?». Este temor a Dios, que va junto a la fe y a la confianza en el Dios que libera de todo temor, está detrás de la instrucción de Jesús y del pensamiento bíblico-judío y sapiencial. Aquí se cierra el círculo: del temor al temor, i.e., del temor instintivo frente a la amenaza de parte de los hombres, se llega al verdadero temor a Dios, aquel religioso, que incluye la dimensión de fe y de confianza en el Dios omnipotente y, al mismo tiempo, premuroso en relación a sus criaturas.


Esta perspectiva del temor y de la confianza en Dios, nos ayuda a comprender en modo correcto el dicho conclusivo de Jesús que, a primera vista, parece una amenaza: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». Se trata de un principio de reciprocidad “inquietante”, que sigue una fría lógica humana y cruel, sin ninguna misericordia de parte del Señor. Sin embargo, estas palabras tienen que ser leídas junto a otro pasaje del Nuevo Testamento que, retomando curiosamente el mismo pensamiento, ofrece inmediatamente una afirmación sobre la fidelidad incondicionada del Señor para la salvación de todos, incluso la de los “infieles”: «Es palabra digna de crédito: Pues si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; | si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, | porque no puede negarse a sí mismo» (2Tm 2,11-13). Al final, vencerá siempre la fidelidad de Dios, que sobrepasa toda infidelidad del hombre, como el cielo sobrepasa la tierra. 


Rezamos, entonces (con las palabras de la oración colecta alternativa del misal italiano para el domingo XII, Año A):

Oh Dios, que has confiado a nuestra debilidad el anuncio profético de tu palabra, sostennos con la fuerza de tu Espíritu, para que no nos avergoncemos nunca de nuestra fe, sino que confesemos con toda franqueza tu nombre delante de los hombres, para ser reconocidos por ti en el día de tu venida. Por Cristo, nuestro Señor. Amen. 


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