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Historias

La llamada inicial de los primeros misioneros

14 jun, 03:00 a. m.
El Evangelio nos invita a meditar en el envío de los primeros discípulos-apóstoles. Su misión nace del corazón compasivo de Jesús, de la oración y de su fidelidad a Israel, y nos enseña a continuar la obra de Dios hoy.

 

Por P. Anh Nhue

El evangelio de este domingo nos invita a reflexionar sobre la institución del grupo de los Doce discípulos-apóstoles de Cristo que los envía en misión. Se trata de la llamada inicial de los primeros misioneros y, en cuanto tal, el episodio resulta riquísimo en detalles significativos desde una perspectiva misionera hoy. Meditamos sobre tres puntos importantes.

1. «Jesús, al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas». El corazón compasivo de Jesús en el origen de la misión 

El primer detalle del relato evangélico sobre el cual hay que reflexionar, es la nota del evangelista sobre el estado de ánimo de Jesús que determina las acciones sucesivas: «Jesús, al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas». Hay que recordar que, inmediatamente antes, el evangelista Mateo subraya que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35). “Ver a la muchedumbre” por parte de Jesús, implica que no es alguien que se mantiene parado en un lugar para observar a la gente, sino de uno que «recorría todas las ciudades…, enseñando…, proclamando…, y curando toda enfermedad y toda dolencia». En otras palabras, se trata del ver y del sentir de un misionero que, consciente de “haber salido/sido enviado por Dios Padre” (cf. Mc 1,38), va siempre hacia la gente, está en medio de ella y se sumerge en su vida. La compasión de Jesús para la muchedumbre no es un sentimiento pasivo, separado, se trata de una compasión activa que se traduce en compromisos concretos, infatigable, para hacer experimentar a todos las realidades del Reino de Dios. Aquí vemos el corazón compasivo de Jesús que se encuentra a la base de la misión. Este corazón será también un modelo para los discípulos de Jesús que serán a continuación escogidos y enviados por Él para colaborar en la misma misión divina. 

A propósito del corazón de Jesús y la misión, el Papa Francisco reflexionó sobre la temática con los participantes de la Asamblea General de las Obras Pontificias Misioneras durante la audiencia del sábado 03.06.2023, usando palabras actualísimas, sobre todo para los que se empeñan las OPM, así que las citamos:

«El Corazón de Jesús y la misión. En primer lugar, contemplando el Corazón de Cristo descubrimos la grandeza del proyecto de Dios para la humanidad. Porque el Padre «amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna» (Jn 3,16). En el Corazón traspasado del Crucificado podemos descubrir la medida infinita del amor del Padre, que nos ama con amor eterno; nos llama a ser sus hijos y a participar de la alegría que tiene su fuente en Él; nos viene a buscar cuando estamos perdidos; nos levanta cuando caemos y nos hace renacer de la muerte. Jesús mismo nos habla así del amor del Padre, por ejemplo, cuando afirma que «la voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día» (Jn 6,39).

Queridos hermanos y hermanas, esto es lo que Jesús nos ha enseñado a lo largo de su vida: su compasión por los que estaban heridos; su conmoción ante el dolor; la misericordia ungiendo a los pecadores; su inmolación por el pecado del mundo. Nos ha manifestado el corazón de Dios, como el de un Padre que siempre nos espera, nos ve desde lejos y viene a nuestro encuentro con los brazos abiertos; un Padre que no rechaza a nadie, sino que acoge a todos; que no excluye a ninguno, sino que llama a todos. […]

Nosotros hemos sido enviados para continuar esta misión: ser signo del Corazón de Cristo y del amor del Padre, abrazando al mundo entero. En esto encontramos el “corazón” de la misión evangelizadora de la Iglesia: llegar a todos con el don del amor infinito de Dios, buscar a todos, acoger a todos, ofrecer nuestra vida por todos sin excluir a nadie. Todos. Esta es la palabra clave. Cuando el Señor nos cuenta sobre aquel banquete nupcial (cf. Mt 22,1-14), que salió mal porque los invitados no asistieron; uno porque había comprado una vaca, otro porque tenía que viajar, otro porque se había casado, ¿qué dice el Señor? Vayan a los cruces de los caminos e inviten a todos, a todos: sanos y enfermos, malos, buenos, pecadores, todos. Esto está en el corazón de la misión, ese “todos”, sin excluir a nadie. Todos. Por tanto, toda nuestra misión brota del Corazón de Cristo, para dejar que Él atraiga a todos hacia sí. Y este es el espíritu místico y misionero de la beata Paulina María Jaricot, fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe, que fue tan devota del Sagrado Corazón de Jesús.»

2. «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» La oración como primera acción en la misión

El segundo aspecto importante del evangelio de hoy es la primerísima recomendación de Jesús a los discípulos, cuando Él tuvo compasión de las muchedumbres «extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”»: «rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». 

Emerge claramente, una vez más, que la oración ocupa el puesto primario en las actividades misioneras, como el Papa Francisco ha reafirmado en el Mensaje para la Jornada Misionera Mundial 2022. Esto resulta más que lógico, porque Dios es “el señor de la mies”, el patrón de la misión para la salvación de la humanidad que Jesús cumple ahora, en la plenitud de los tiempos, y que confía a sus discípulos.

Hay que notar que la recomendación a orar está dirigida a los discípulos y precede a la institución de los doce “apóstoles”, es decir, a los “enviados”. Se resalta que Dios es el verdadero protagonista, del cual depende cualquier cosa, incluida la acción de Jesús de llamar a los primeros misioneros, “trabajadores para su mies [de Dios]”. Por otra parte, mientras que los Doce son una especie de primicia de los discípulos-misioneros, todos los discípulos de Jesús son enviados a participar en la misión de Dios a través de la oración concreta por “la mies” y por la abundancia de “trabajadores”. Así comparten la misma preocupación, compasión y pasión de Cristo por el Reino que, en realidad, es la del mismo Dios.

3. «No vayáis a tierra de paganos… sino id a las ovejas descarriadas de Israel». La primera y preciosa instrucción misionera de Jesús y el amor por Israel 

Instituyendo los primeros “apóstoles” y mandándolos en misión, Jesús les impartió su primera instrucción misionera que comienza con una recomendación sorprendente desde el punto de vista de la universalidad de la misión: «No vayáis a tierra de paganos… sino id a las ovejas descarriadas de Israel». Estas palabras, sin embargo, se tienen que comprender en el contexto global de la Palabra de Dios en las Escrituras referentes al plan divino para la salvación de la humanidad entera. Se afirma claramente la voluntad de Dios, fiel y misericordioso, que desea que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4). El mismo Cristo después de la resurrección enviará a sus discípulos a todas las naciones, a todos los pueblos (cf. Mt 18,20), a todo el mundo para predicar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15).

Por eso, la restricción de la actividad de los apóstoles sobre las “ovejas perdidas” de Israel en esta primera instrucción misionera, no pretende colocar limitaciones permanentes a la misión divina, solo subrayar la fidelidad absoluta e inconmovible de Dios a sus promesas para con el pueblo. En otras palabras, en el inescrutable plan divino, prometido por medio de los profetas, Dios en Cristo, en el final de los tiempos, es decir, en el tiempo mesiánico, viene a salvar a su pueblo y, con él, a todo el mundo. En efecto, Jesús reafirmará después su clara consciencia de esta misión divina en el diálogo con la cananea pagana (cf. Mt 15,24: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel»), pero sin negarle la gracia divina en respuesta a su fe. Israel estaba, está y estará en el corazón de Dios, a pesar de todos sus pecados, de su infidelidad y de los rechazos del pasado, del presente y hasta del futuro (!), como declaró con palabras conmovedoras: «Con amor eterno te amé, | por eso prolongué mi misericordia para contigo. Te construiré, serás reconstruida, | doncella capital de Israel» (Jer 31,3-4; cf. anche Is 49,15: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, | no tener compasión del hijo de sus entrañas? | Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré»).

En esta perspectiva, los primeros discípulos-apóstoles, es decir, discípulos-misioneros, son enviados a continuar la misma misión de Jesús, que en realidad es la de Dios para la salvación del mundo a partir de Israel. A ellos, en efecto, les ha sido dado el poder de Jesús sobre los espíritus y sobre “toda enfermedad y dolencia” y les han sido encargadas las mismas acciones salvíficas que Jesús, el Mesías, cumplía como signo del tiempo mesiánico: «Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios». Todo esto –estoy obligado a recalcarlo- tiene que ser llevado a cabo teniendo la preocupación por la salvación de Israel en el corazón y en la mente. Para este propósito, vale el testimonio solemne y conmovedor de San Pablo, apóstol de los gentiles: «Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén» (Rm 9,1-5). 

Estas palabras tal vez encuentren eco y resonancia en cada discípulo-misionero de Cristo hoy. Que todos nosotros, modernos discípulos de Jesús, después de la reflexión sobre las acciones y recomendaciones del Evangelio de hoy, podamos sentir la viva preocupación divina por los pocos trabajadores en su mies, para que podamos orar más y renovar nuestra vocación para continuar con más celo la misión de Dios en Cristo, llevar el amor y la salvación divina a toda la humanidad y pensando siempre en Israel, el pueblo electo que Dios ha amado por la eternidad.


 

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