Historias

Bautismo: don y compromiso con la misión

11 ene, 06:00 a. m.
La Fiesta del Bautismo del Señor marca el inicio del ministerio público de Jesús y el cierre del tiempo de Navidad. Esta reflexión profundiza en el bautismo como inmersión en Cristo, participación en la vida trinitaria y don que se convierte en compromiso misionero para todo bautizado.

 

Por P. Anh Nhue

Hemos llegado a la Fiesta del Bautismo del Señor, una celebración que marca el inicio de la actividad pública de Jesús. Litúrgicamente, este domingo –“prolongación de la Epifanía”– cierra de modo significativo la Navidad y abre el Tiempo Ordinario, en el que seguimos viviendo nuestra vocación cristiana misionera, afrontando la cotidianeidad “habitual”, pero quizás con la nueva fuerza de la alegría con y en el Señor. 

En este sentido, la Palabra de Dios en las lecturas de la Misa nos ayuda a profundizar el significado del misterio del bautismo en la vida de Cristo y, por consiguiente, en la de los cristianos, sus seguidores. Entre los muchos aspectos importantes de este misterio tan rico y, por lo tanto, muy comentado, tres nos parecen básicos recordar y reflexionar hoy.

1. El bautismo significa literalmente “inmersión”

En primer lugar, es necesario aclarar el significado literal del término “bautismo” para comprender en profundidad su significado espiritual. La palabra griega original para “bautismo” es “baptisma / baptismos” y proviene del verbo “bapto” (con la forma intensiva “baptizo”) que significa principalmente “sumergir /hundir”. El sustantivo en cuestión indica sobre todo un acto / baño de “inmersión / hundimiento”. Así, podemos “ver” y comprender mejor el bautismo que Juan el Bautista expresa en el evangelio: “Yo os bautizo en agua”, es decir, “os sumerjo en el agua” como signo de penitencia y remoción de los pecados. Además, entendemos a qué se refiere concretamente el anuncio del Bautista sobre el bautismo que Cristo, “el más fuerte” que él, ofrecerá al pueblo: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Esto alude a una inmersión muy especial: en el Espíritu Santo y en el fuego de la purificación y del juicio divino.

Por otro lado, teniendo presente este significado del término, podemos entender la referencia en el Evangelio a otro bautismo de Jesús después de aquel del Jordán, cuando él mismo dirá a la multitud:

«Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). Se refiere, por tanto, a su pasión y muerte en la cruz, porque Jesús volverá a hablar de este bautismo, relacionándolo con la acción de beber el cáliz del Padre (cf. Mc 10,50; 14,36; Jn 18,11). Es una inmersión total, un bautismo precisamente, con y en “sangre y agua” para quitar los pecados del mundo (cf. Jn 19,34). Este será el supremo bautismo de Cristo, que abarca todos los demás bautismos, incluido el del río Jordán. Así también podemos comprender la misteriosa insistencia de San Juan en una de sus cartas a los fieles: «Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre» (1Jn 5,6a).

Volviendo al “primer” bautismo de Jesús, como se puede vislumbrar en el relato del Evangelio de hoy, su inmersión ritual en el agua expresa en realidad su plena “inmersión” existencial con y en la gente. De hecho, el Papa Francisco enseña al respecto: «No es [el pueblo] solo un fondo de la escena, sino un componente esencial del evento. Antes de sumergirse en el agua, Jesús “se sumerge” en la multitud, se une a ella asumiendo plenamente la condición humana, compartiendo todo, excepto el pecado. En su santidad divina, llena de gracia y misericordia, el Hijo de Dios se hizo carne para tomar sobre sí y quitar el pecado del mundo: tomar nuestras miserias, nuestra condición humana. Por eso, hoy también es una epifanía, porque yendo a bautizarse por Juan, en medio de la gente penitente de su pueblo, Jesús manifiesta la lógica y el significado de su misión» (Ángelus, Domingo, 13 de enero de 2019). 

Esta “inmersión total” de Jesús no es solo con y en la gente, sino también para la gente. Como ya lo señalaron los Padres de la Iglesia, Jesús, a diferencia del pueblo, ciertamente no necesitaba la purificación de los pecados. Sin embargo, desciende al río Jordán para purificarlo espiritualmente (y quizás también materialmente, porque aquellos que ya han visitado el sitio del Bautismo del Señor en Tierra Santa saben que el agua en ese lugar necesita de mucha purificación); allí se sumerge en el agua para santificarla con su santidad, y así, ipso facto, santifica místicamente todas las aguas utilizadas para el bautismo de los cristianos en todo tiempo y lugar. Entonces podemos hacer explícito lo que profesamos en el Credo todos los domingos: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó…, se hizo hombre”, ¡y fue bautizado!

2. El bautismo es inmersión en la vida divina trinitaria

La historia del bautismo de Jesús nos hace vislumbrar otra inmersión existencial. Se trata de la inmersión en la vida divina, como se ve en Jesús recién bautizado: la voz del Padre a su Hijo y el descenso del Espíritu Santo sobre Él. Es el hermoso icono de la manifestación / revelación de la Trinidad en el momento del bautismo de Jesús. Un icono que es presentado por el evangelio no tanto para ser simplemente visto o admirado, sino que marca el comienzo de una verdadera vida nueva en Jesús Bautizado y en cada una/o de las/os bautizadas/os en su nombre: aquella vida divina, completamente inmersa en Dios, uno y trino. En otras palabras, a nivel espiritual, Jesús bajó al río no solo para ser solidario con cada varón y mujer de su tiempo y de cada época –solidario con cada persona en búsqueda de una vida renovada y purificada de todo pecado–, sino también para revelar la imagen de una vida santa, a la cual todas las personas son llamadas. 

Aquí también escuchamos el comentario autorizado del Papa Francisco: «Uniéndose al pueblo que pide a Juan el bautismo de conversión, Jesús también comparte el profundo deseo de renovación interior» (Ángelus, Domingo, 13 de enero de 2019). «En el momento en el que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán, la voz de Dios Padre se hace oír desde lo alto: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (v. 17). Y al mismo tiempo el Espíritu Santo, en forma de paloma, se posa sobre Jesús, que da públicamente inicio a su misión de salvación; misión caracterizada por un estilo, el estilo del siervo humilde y dócil, dotado sólo de la fuerza de la verdad, como había profetizado Isaías: «no vociferará ni alzará el tono, [...] la caña quebrada no partirá, y la mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia» (42, 2-3). Siervo humilde y manso» (Ángelus, Domingo, 8 de enero de 2017).

Además, « El bautismo es el comienzo de la vida pública de Jesús, de su misión en el mundo como enviado del Padre para manifestar su bondad y su amor por los hombres. Esta misión se realiza en una unión constante y perfecta con el Padre y el Espíritu Santo. También la misión de la Iglesia y la de cada uno de nosotros, para ser fiel y fructífera, está llamada a “injertarse” en la de Jesús. Se trata de regenerar continuamente en la oración la evangelización y el apostolado, para dar un claro testimonio cristiano, no según los proyectos humanos, sino según el plan y el estilo de Dios» (Ángelus, Domingo, 13 de enero de 2019).

3. Bautismo: don y compromiso con la misión

La citada enseñanza del Papa Francisco nos ayuda a reafirmar el vínculo intrínseco entre el bautizado y su misión en y para Dios. Al igual que Jesús, sus seguidores después del bautismo serán llevados por el Espíritu al mundo para anunciar la Buena Nueva, también atravesando algún desierto de tentaciones y batallas espirituales. 

En este sentido, es necesario reflexionar sobre la doble importancia del bautismo cristiano: el del agua y el del Espíritu. En primer lugar, se debe enfatizar la importancia del rito en la vida del bautizado, sobre todo, al ser un don gratuito de la salvación de Dios, como bien señala San Pablo: «no por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos [Dios] salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador» (Tt 3,5-6). Por eso, a la pregunta “¿pero es realmente necesario el bautismo para vivir como cristianos y seguir a Jesús?”, el Papa Francisco explica: 

«Y a este punto, es iluminador lo que escribe el apóstol Pablo: “¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rm 6, 3-4). Por lo tanto, no es una formalidad. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. Un niño bautizado o un niño no bautizado no es lo mismo. No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros, con el Bautismo, somos inmersos en esa fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una vida nueva, no ya en poder del mal, del pecado y de la muerte, sino en la comunión con Dios y con los hermanos» (Audiencia general, Plaza de San Pedro, Miércoles, 8 de enero de 2014). Entonces, como exhorta Papa Francisco en otro momento, «la fiesta del Bautismo del Señor es una ocasión propicia para renovar con gratitud y convicción las promesas de nuestro Bautismo, comprometiéndonos a vivir diariamente en coherencia con él» (Ángelus, Domingo, 13 de enero de 2019). Es, en definitiva, el don que despierta el compromiso.

De este modo, es importante, en segundo lugar, descubrir y vivir la propia vocación de bautizada/o, fijando la mirada en Jesús y continuando la misión exigida. «En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador» (EG 120). En Jesús, el divino evangelizador, anunciamos el amor de Dios a todos los necesitados. Siguiendo a Jesús y su mandato: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos» (cf. Mt 28,19), preparamos y llevamos a todos el don del bautismo que nosotros mismos hemos recibido por gracia y misericordia divinas. Es precisamente aquí donde se cumple el sentido profundo de la exhortación de Jesús a sus discípulos misioneros: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8).

Por último, hago resonar la observación-exhortación del Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2019, año memorable del Mes Misionero Extraordinario de octubre, celebrado en toda la Iglesia. Son palabras santas, válidas también para nosotros en este año, para continuar nuestra misión ordinaria de una manera cada vez más extraordinaria: 

«También hoy la Iglesia sigue necesitando hombres y mujeres que, en virtud de su bautismo, respondan generosamente a la llamada a salir de su propia casa, su propia familia, su propia patria, su propia lengua, su propia Iglesia local. Ellos son enviados a las gentes en el mundo que aún no está transfigurado por los sacramentos de Jesucristo y de su santa Iglesia. Anunciando la Palabra de Dios, testimoniando el Evangelio y celebrando la vida del Espíritu llaman a la conversión, bautizan y ofrecen la salvación cristiana en el respeto de la libertad personal de cada uno, en diálogo con las culturas y las religiones de los pueblos donde son enviados. La missio ad gentes, siempre necesaria en la Iglesia, contribuye así de manera fundamental al proceso de conversión permanente de todos los cristianos. La fe en la pascua de Jesús, el envío eclesial bautismal, la salida geográfica y cultural de sí y del propio hogar, la necesidad de salvación del pecado y la liberación del mal personal y social exigen que la misión llegue hasta los últimos rincones de la tierra» (Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2019, Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo).

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